Apolo y Dionisio

El cielo descargó sus más imponentes truenos y la tierra se sacudió como nunca antes lo había hecho. No solo eso, sino que también los mares, hartos de su quietud, decidieron alzarse hasta la altura del cielo y danzar al compás del viento, quien soplaba  más fuerte que nunca. La naturaleza parecía inquietarse y dar muestras de histeria ante lo que estaba por suceder en el Olimpo. Dos dioses, Apolo y Dionisio, se lanzaban a un combate que ambos sabían eterno. Mientras que Apolo era la encarnación de la Razón y un aguerrido defensor de atributos como el orden, el equilibrio y la prudencia, su rival, Dionisio, era todo lo contrario. Más ligado a los Instintos, al caos, al éxtasis orgiástico y al placer de embriagarse, Dionisio sabía que no había reconciliación posible: era uno o el otro.

Enemigos como eran, no dudaron en arremeter con toda su ferocidad desde el comienzo. Es sabido que los humanos suelen confundir destino con libre albedrío sin embargo, esta confusión no la conocían las flechas que encarnaba Apolo desde su arco ya que ni bien fueron forjadas conocieron su destino: “morir atravesadas por el pecho de Dionisio”, les habían dicho. Lamentablemente, todas (que no fueron más de tres) fracasaron. Pues como el dios del vino detestaba todo lo relacionado con las formas, había decidido no tener un cuerpo tangible. Por esto las flechas, desconcertadas al no encontrar su objetivo, se perdieron en el Olimpo y lloraron por no haber satisfecho a su destino.                                                                                                                                                     Dionisio rió a carcajadas con cada intento fallido de su enemigo. Aunque lo que Apolo no sabía era que estas risas servían  para disfrazar el total desconocimiento que su rival tenía de él. En este sentido estaban iguales. No se conocían, ni se entendían siquiera un poco. Pero se odiaban. ¡Y con qué intensidad!

La atmósfera, teñida de un gris profundísimo, hablaba de la enorme incerteza que se vivía en el campo de batalla. El cielo, acompañado de nubes y algún que otro pájaro curioso, observaba expectante cualquier indicio que le indicara quién estaba ganando. No obstante, esto no sucedió y cualquier intento de predicción o de mapa verbal hubiese sido un vano esfuerzo de conceptualizar lo incoceptualizable.                                                                                      Además, tanto el cielo como los pájaros terminaron cayendo borrachos cuando con su aliento, Dionisio, apestó el cielo con un irresistible y tentador olor a vino con el que pretendía embriagar la Razón que guiaba los pasos de su adversario.                                                                                                                            Pero la racionalidad en Apolo resultó incorrompible. Se irguió majestuosa y, orgullosa como era, exclamó que no la engañarían con tales bajezas. En todo momento se mostró con tanta jerarquía como con arrogancia y soberbia.

Y así siguieron. Cuando sus espadas agonizaban por el cansancio, recurrían a todo tipo de sortilegios mágicos y, cuando estos fallaban, iban a los puños. Este ciclo se repitió circularmente una y otra vez, una y otra vez. Pero la batalla no solo siguió eternamente en el cielo sino que se extendió al interior de todas las almas humanas. Ahora, todo Ser tiene encarnado en su interior un Apolo y un Dionisio que se baten sangre a todo momento. Basta solo con cerrar los ojos para escuchar a estas dos fuerzas opuestas que, como todo par de opuestos, se atraen. No piensan en otra cosa más que en destruirse pero ignoran que ese profundo deseo de destrucción, esa batalla infinita, esa hoguera inacabable de ira, es la esencia misma de su existencia. Pues tienen claro que si no existiese la otra, no tendrían razón de ser. Como toda dualidad se necesitan, aunque se odien. Lo cierto es que el juego dialéctico entre estos dos impulsos ha sido, desde siempre, el que ha forjado las almas de los hombres. Por lo que debemos estar muy agradecidos con estas dos deidades. ¡Gracias Apolo! ¡Gracias Dionisio! Sigan luchando. ¡La humanidad confía en ustedes!

Mirk.

(basado en la concepción nietzscheana de ambos dioses)

Perdido en la rutina

Era un día gris, típico de otoño, en donde las nubes parecían presagiar que, aquel día, todo habría de conspirar en mi contra. Aún así, enceguecido por una soberbia que me era natural, opté por hacer caso omiso a lo que el universo intentaba decirme…Pues, ¿quién dice que una nube gris no es igual de hermosa que un rojo atardecer…?                 Les diré algo. Pagué caro mi ingenuidad.

Esa mañana desperté, como cualquier otra mañana, sediento de sueño. Si. Una vez más, le había ganado de mano al despertador. Desconozco las razones que me llevan a estar más acelerado que el mismo Universo. Porque, hasta donde sé, no he estado en contacto con ningún tipo de energía oscura.[1]

Sin embargo, todas las evidencias parecen indicar que esta patología parece haber sido fruto de una perversa cotidianeidad. La misma que, hacía ya varios años, se había apoderado de la propiedad de mí Ser.                                        Soberbia e imponente, como un tsunami al que no le conmueve ni el llanto de un niño indefenso, esa cotidianeidad había terminado por enterrar, sin piedad, a mi capacidad de soñar, de sentir…                                                                   Y con ellos se había ido mi identidad…

Pues si. Así como una persona que no tiene sombra es un vampiro, una persona sin identidad no es más que un robot, esclavo del sistema. Hay otros que van más lejos, e infieren que si morir es dejar de pensar, el mundo estaría repleto de zombies.                                                                                                              “Los hombres son, cada vez más, autómatas que fabrican máquinas que actúan como hombres y producen hombres que funcionan como máquinas.” Dijo cierta vez un prestigioso alemán… ¿Habrá tenido razón?

Tratando de no morir por un ataque de pensamiento, salí a las apuradas de mi casa. No más de dos minutos pasaron hasta darme cuenta que había olvidado cepillarme los dientes. A causa de mi inocente descuido, tuve que parar en un quiosco, el cual otras mañanas hubiera jurado que no existía.

-Hola, no me das unos Halls?

-Como no! Decime de que querés – me pregunto dulcemente la joven rubia que atendía.

Confieso que me sorprendió la pregunta. Tal vez haya sido el horario, o tal vez ese día estaba un poco sensible (y cómo no estarlo!). Me sentí satisfecho el saber que podía elegir. Creí oportuno agradecerle a la joven tan hermosa oportunidad.

-Gracias- le dije

-¿Gracias por qué? – Preguntó con una inocente mueca

-Me hiciste sentir libre, con capacidad de elegir.- Le replique

-Señor, si me disculpa, esa elección de la que usted habla, es ilusoria. Si tenemos en cuenta que su comportamiento, como el de tantos otros, ha sido fruto de un detallado estudio y segmentación, podría argumentar que ya han elegido por usted. Tenga a cuenta que la publicidad nos da a elegir entre “media docena” de opciones, de modo que uno tiene libertad de elección, pero acotada a esas alternativas que no se pueden modificar. Por más que la elección sea suya, no olvide que elegir es una obligación…

Quedé estupefacto. Sentí como mi orgullo era abofeteado por una insolente. Esa filósofa barata había herido mis sentimientos.

– Jovencita, eres una irrespetuosa.

Y, ofendido, me largué. Con mi orgullo intacto pero sin las pastillas que acabarían con mi mal aliento.

Una vez que pude, por fin, dejar a un lado la ira que, con o sin razón, se había apoderado de mí andar, miré el reloj. Eran las 8:10. Y… ¿saben qué? Era tarde. Si, tarde. Cerré los ojos, miré a la nada, e intenté recuperarme con una abundante rebanada de aire puro.

Una bocina terminó por interrumpir mi momento de éxtasis espiritual. Y al retornar en mi, me vi en el medio de la avenida frenando el tránsito. Por un momento sentí que era una visión fantasmal. Pero no. Era real. Tan real, que me dio miedo. ¿Tan mal me encontraba?

Mirk.


[1] Aquí el narrador hace referencia a recientes investigaciones dentro del ámbito de la cosmología, que sugieren un Universo que no solo está en expansión, sino que se está expandiendo cada vez más rápido. Este peculiar fenómeno estaría dado por algo que se conoce con el nombre de Energía Oscura, que vendría a formar el 74% de nuestro Universo (mientras que los átomos, es decir toda la materia visible a nuestros ojos, galaxias, estrellas, planetas y demás, compondrían apenas el 4% del mismo. Vale aclarar  que, a pesar de componer las ¾ partes del Universo,  aún no se tiene siquiera una vaga idea sobre lo que vendría a ser esta misteriosa energía.

Sin embargo, se suele acusar a la Energía Oscura de querer asesinar el Universo. Los partidarios del Big Freeze (Gran Frío), afirman que éste se seguirá expandiendo eternamente con la consecución final de prácticamente todos los procesos físicos que puedan darse y posiblemente acabando con la muerte térmica del Universo. (las galaxias se alejan unas de otras, no colisionan, sus estrellas se apagan, y congelamiento cósmico)

No es para tomarlo en serio, ya que esto no pasa de lo anecdótico. Ni siquiera este omnisciente narrador conoce el calendario de los dioses.

Soñando entre la vida y la muerte

De pronto, en un santiamén, el dolor se hizo imperceptible. Había desaparecido, pues eso era lo que creía. Una parte desconocida de mi yacía despierta, pero inmóvil, lista para ser re-descubierta. La otra brincaba inconsciente, intentando de reanimar. Eso era lo que sentía, intuía. Extraña sensación, por cierto. Nunca antes me había sentido así, ¿guiándome yo por la intuición? Imposible, absurdo, inverosímil. Toda mi vida me encontré poseído por un pensamiento racional, ego-centrista. ¿Será aquel quien en estos momentos se encontraba inconsciente? Un shock de un desenfrenado desconcierto sacudió todo mí ser.
Pienso, especulo, recapacito. Tengo tiempo para aquello, quiero creer, empiezo a creer, a tomar conciencia de ciertas palabras que había ojeado el día anterior, cuyo autor no logro recordar. Lo que realmente importa es el mensaje, no así el mensajero, decimos algunos. Por tanto, no suelo preocuparme de retener nombres. Leídas de casualidad, causalidad, más bien, provocada por la simplicidad de las leyes del universo. Parecen encajar, pieza por pieza, para ponerle fin a mi desesperación, al desconcierto o, mejor dicho, a mi miedo. “¿Cuál es el significado de la muerte?”, se titulaba el articulo. Varios eran los entrevistados, ninguna opinión lograba perturbarme. Aun así, continué con una vaga lectura, donde las palabras saltaban unas con otras, restándole sentido a la oración, cada vez con mayor intensidad. Mi atención se desviaba, casi obligándome a cesar, hasta que viví la extraña sensación de sentir vibrar, titilar ciertas palabras, que me conquistaron a seguir con la lectura. Sigo sin recordar al dueño de aquel mensaje. Esta persona afirmaba que la “muerte” se trataba del instante en que…Fénix, Fénix Tinto era su nombre. Qué paradoja recordarlo justo en este instante, instante en el que la ley del tiempo parece hacer una excepción, o simplemente donde no rige.
Este señor afirma que es el soplo en que nuestra esencia se libera de nuestro ego que yace durmiendo. Ese ego quien despierto le hace creer a la parte de la mente que controla, esclavizada, que él es el que manda, él es lo real. “Nadie/Nada esta más esclavizado que quien erróneamente cree ser libre”, era su filosofía. Es bien sabido que esto puede funcionar por un tiempo, empero no eternamente.
El ego hoy tiembla al ver despertar al inconsciente, bautizado así por el mismo, por conveniencia. El mundo material desaparece, el sueño termina, y me despierto en éxtasis de aquel momento eterno. Por fin comprendía que ese mundo físico, ahora lejano de 3 dimensiones, era un sueño, una pantalla, una ilusión.
Dr. Ramírez: _ se ha ido
Dr. González: _ lamentablemente, hora de la muerte 11:11 Am, descanse en paz.


El mundo de Ashgearoth

Prólogo

 

El universo, lleno de su inconmensurable magia, repleto de p rofundos y vacíos misterios (aún no develados), albergó hace algo más de 25.000 años (1) a una civilización.                                                                                                    Punto. A una civilización. Ni arcaica, ni avanzada. Aclaro, desde ya, que voy a evitar caer en éstas MUNDANAS descripciones. No pretendo ser como otros colegas escritores, quienes sin necesidad, alegando ser omnipresentes de una verdad absoluta, intentaron, en vano por cierto, clasificar al legendario pueblo de Ashgearoth como una sociedad moderna.                 Según lo entiendo yo, desde mi experiencia, el grado de modernidad de una civilización es espantosamente relativo. Todo depende desde qué perspectiva se la mire, como así también de la evolución mental de la persona que la observa. ¿O estoy equivocado?

En fin, basta solo con entender que Ashgearoth, como se la conoce actualmente (2), no era otra cosa más que una pequeña (por no decir ínfima) manifestación de la infinidad del mismísimo universo.

Vaya paradoja que las leyes del mismo eran solo restringidas para algunos pocos afortunados. La historia nos ha demostrado que, muchas de las pocas civilizaciones que transitaron alguna vez por las aguas de aquel misterioso océano, en el que el mundo de Ashgearoth no era más que una pequeña gota (dotada de elegancia, por cierto), les había costado una infinidad de años de interminables discusiones a sus filósofos, de arduas y tediosas investigaciones a sus científicos, el develar sus más profundo secretos.     Vale aclarar que, aún pasados ya varios ciclos desde el Gran Comienzo, desde la Singularidad, solo se ha logrado llegar a la mediática conclusión que el universo se rige por lo que algunos conocen con el nombre de: “paradojas”. Una de las más famosas paradojas conocidas hasta el momento fue fruto del trabajo del doctor Schrödinger (3). Aunque, la paradoja de él y su carismático gato no nos interesa. Al menos, no todavía.

¡No!, ¿cómo puede ser posible?!, le pido perdón. Qué falta de respeto de mi parte que aún no me haya presentado. Así es como ando últimamente, más colgado que coco en palmera. Me llamo Edward y entre otras cosas, soy historiador especializado en historia antigua. O por lo menos tengo un titulo que así lo certifica. Le cuento, también, que ando con problemas de salud, pues me diagnosticaron una severa“alergitis indiferenctis” (alergia a la indeferencia). Una de las enfermedades más terminales en estos tiempos…

Soy un historiador resignado al paso de los años. Pues la vejez, como una rata hambrienta y desesperada, me está carcomiendo la entereza de mi ser. Y cuando uno se da cuenta de tan terrible y absoluta verdad es demasiado tarde.  No hay bien más escaso que el tiempo…

El legendario pueblo de Ashgearoth…  No quiero parecer soberbio pero me considero un experto en el tema. No pasaba lo mismo hace unos años, cuando había otros ilustrados historiadores que conocían diez veces mejor la historia que su humilde narrador ( daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro). Sin embargo, lamento profundamente la realidad actual, en la que soy uno de los últimos conocedores de historia antigua que quedan. (4)      Los que no fueron asesinados ni secuestrados, enloquecieron presos del silencio. Por suerte para todos nosotros creo que la cordura no me ha abandonado, no todavía. Ni a mí, ni a mi fiel e incondicional amigo Fred. Por lo menos tengo alguien con quien compartir la pesadez de esta carga. ¿Qué hubiese sido de mi persona sin la ayuda de Fred? Mejor ni pensarlo…

Mi trabajo aquí consiste en advertirle a usted, estimado lector, que un nuevo fin está próximo. Dirá usted… “¿Un nuevo fin? ¿Cómo es eso posible? El fin es el fin…” No señor. No se equivoque. No es el fin del mundo. Es el fin de un ciclo. Las cosas pasan, los cambios climáticos están aquí, el sistema se derrumba y esto es innegable.

Como es normal – de hecho ya sucedió otras veces- las viejas estructuras tienden a tambalear hasta desaparecer para dar comienzo a algo nuevo, dotado de frescura. Son tiempos de revelación (aquí es donde tiendo a emocionarme). Sin lugar a dudas, los tiempos que vivimos son marcados por grandes revelaciones que terminan por desentrañar y revelar todo aquello que se encontraba oculto. Lo que parecía increíble e inconcebible surge del fondo de la incredulidad como una verdad que impacta en la conciencia de todos los ciudadanos del mundo para situarlos en plena conciencia frente al fin de una era y el inicio de otra.

Si todo aquello que estaba oculto comienza a revelarse, significa que la verdad comienza a tomar estado público. Los que manejaron a la Humanidad, mantuvieron la verdad bien oculta, porque ello les permitía en el desconocimiento y la ignorancia, controlar y manipular más fácilmente a las masas.

Y heme aquí, queriendo ayudar. La historia se repite. Y estamos próximos a cometer el mismo error que nuestros ancestros en el pasado ciclo galáctico. Pues ahora, ¿Dónde están ellos? ¿Vivos? ¿Muertos?. Ni vivos, ni muertos. Están en leyendas, olvidados y pisoteados por el emperador del Tiempo…

Mirk.

(1) Menos de un ciclo galáctico

(2) El verdadero nombre será revelado más adelante. Por su propia seguridad y la de su familia…

(3) Reconocido Teólogo experimental del Siglo CCXL (240). Si no se encuentra familiarizado con su persona – cosa que dudo fervientemente- recomiendo hacer una búsqueda en la Web. http://www.google.com.ar/#hl=es&q=gato+de+schrodinger&aq=0&aqi=g4&aql=&oq=&gs_rfai=&fp=ef226bed54eff036

(4) Me refiero a historia muy antigua. Más precisamente al anterior ciclo galáctico.

Genealogía de la dualidad

Alguien, alguna vez, en algún lugar, dijo a la nada: “Nunca nadie sabrá quién soy, ni cuándo, ni dónde me encuentro…” Lo que Alguien no sabía era que, en la nada estaba Nadie quien, curiosamente perplejo por estas palabras, se vio obligado a perseguir el peligroso objetivo de encontrar algún día a ese tal Alguien, en aquel tal lugar donde se encontraba, escondido.

Nadie, tenía bien claro que un dios (en caso de existir) no jugaría a los dados ni creería en la casualidad. Por lo que sabía muy bien que no había estado en la nada, escuchando aquellas palabras por una mera y desnuda casualidad. Había un propósito, eso estaba claro, pero… ¿cuál?  Lo cierto es que nadie más que Nadie estaba dispuesto a averiguarlo.

La búsqueda de Alguien, al contrario de lo que nos tiene acostumbrado el universo, culminó casi de inmediato. Sin embargo, nos es imposible determinar qué fuerza estaba trabajando en su respectivo turno de 8 horas. ¿Acaso el destino los habría atraído? ¿O habrá sido fruto del azar? Es imposible determinarlo con matemática exactitud. [1]

La sorpresa valió para ambos. No esperaban volver a re-encontrarse luego de tantas idas y vueltas del dios tiempo. Probablemente, estas idas y vueltas hayan sido la causa por la cual necesitaron dos miradas y no una, para terminar de reconocerse.

A la primer mirada comprendieron que cada uno era la extensión del otro. Eran lo mismo. Siempre lo habían sido.                                                                     A la segunda mirada, finalmente recordaron todo, y confirmaron la hipótesis de la primera:              Algún tiempo atrás, Alguien y Nadie habían sido el mismo Ser.

El Único [2] había querido conocer el mundo. Una parte de él lo quería hacer desde una perspectiva distante, como observador y sin involucrarse. Este vendría a ser Nadie.                                                                                                    Mientras que la otra parte de su alma, o sea Alguien, quería ver el mundo desde dentro, y recordar lo que alguna vez había sido sentir, lo que había sido soñar…                                                                                                                                   A muy grandes rasgos esto era lo que había sucedido.                                      Como se es de saber, estos caprichos no suelen terminar bien. Y pues, así fue. Lo que ni Nadie ni Alguien siquiera sospechaban, eran las escandalosas consecuencias que habían de arraigar con su separación. Pues el Universo se había separado con ellos. La vida y la muerte; el bien y el mal; la noche y el día; pasaron de ser los más fieles aliados, a ser los más hostiles y resentidos enemigos. Reinaba la dualidad.

Ambos ignoraban el colosal daño que habían provocado al Universo.                   Sin embargo, fue Alguien el que se llevó la peor parte. Pues, al estar involucrado en una forma más directa con el mundo y al haber recuperado su capacidad de sentir, se vio enteramente más perjudicado.                                        Totalmente sobrepasado por las exigencias y locuras del mundo no-real, Alguien debió huir despavorido a algún lugar lejos de toda la existencia banal.

Y aquí fue donde se escondió, preso de la misma clase de miedo que siente un niño indefenso en una plaza al buscar a su mamá y no encontrarla. Y la misma clase de alivio que siente aquel mismo niño al finalmente toparse con la sonrisa y los brazos acogedores de su madre, fue lo que sintió Alguien al ver a su hermano Nadie arribar a aquel lugar.

Con una inmensa alegría y añoranza recordaron las muy viejas épocas en las que los dos eran el mismo Ser; en las que no había noche que no sea vivida como la última, ni día que no haya sido vivido como el primero; en las que la niñez era la más grande etapa de madurez; en las que ni el mal ni el bien tenían sentido alguno; las viejas épocas en las que todavía la Vida y la Muerte formaban parte de un misma Rueda de causas y efectos, que era (aunque se veía el borde) infinita.                                                                                                         Todo eso (y mucho más) había desaparecido con el advenimiento del Universo-Dual, pero todo retornaría con el ocaso del mismo, o sea en unos pocos, muy pocos segundos…

La agónica ilusión cesa, cuando sus ojos, conscientes de su destino, se cierran en un ínfimo descanso; el sueño se rompe, y el encantamiento comienza a resquebrajarse. Nunca es tarde. La simbiosis es total, irreversible y omnipresente… esos dos seres han decidido volver a formar parte de un mismo Ser y re-encontrarse en una misma esencia. Aquella que, con o sin razón, había sido abandonada tiempo atrás…

Y con esto, señoras y señores, termina nuestro relato. Ya que lo que prosigue a éste tan trascendental hecho, trasciende por completo la omnipresencia de su humilde narrador.   Aunque sólo una cosa puede afirmarse con relativa certeza: el universo no volvió a ser el mismo. Nunca.-

Mirk.

notas del editor:

[1] En este relato, por razones que todavía no están claras, se obvia la razón por la cual el narrador conoce el funcionamiento interno de la fábrica del universo. No se explica cómo ha dado por sentado que el azar y el destino trabajan en turnos de 8 horas. Curiosa paradoja que 2 fuerzas magnánimas a nivel humano, parezcan ser obreras a un nivel un poco más amplio. ¿Habrá sindicatos? ¿Existirán las huelgas? Habrá que esperar un nuevo relato…

[2] El narrador llama “El Único” a aquel único ser que alguna vez habían formado los dos personajes de la historia.