Balanza de áurea proporción


I

¡Oh, siglo XXI! ¡Cuánta confusión has arraigado en la mente de mis hermanos! Pero puesto a que no todo está perdido, yo no me rindo e invoco a mi pluma para que en las próximas líneas traiga entendimiento entre tanta oscuridad. ¡Síganme hasta el final de esta prosa y esclarezcan su visión! La crisis es de percepción.

II

¡Amado hermano! El número de neuronas en tu cerebro no es menos que el número de galaxias en el universo, por lo que tu mente no es menos compleja que el universo, ni el universo es menos complejo que tu mente. Comprende uno, y entonces comprenderás al otro. ¡Ah, sagradas inscripciones en el templo de Delfos!

No son menos los sueños que tienes por las noches que aquellas visiones que tuvo William Blake, el magnánimo místico del siglo XVIII. Tampoco la mujer es menos que el hombre, ni el hombre menos que la mujer. Si eres diestro, no es menos tu mano izquierda que tu mano derecha. Pero si eres zurdo, tampoco tu mano derecha será menor que tu mano izquierda. ¿Y tu rostro reflejado en un espejo? No, éste tampoco será menor que tu rostro en sí. Pues, ¿cómo una cosa puede ser mayor a la otra cuando ambas tienen la misma esencia? Somos todos restos de estrellas.

No es menos el pastor por dedicar su existencia a sus ovejas que aquellos mandatarios de turno  que dejan a sus familias y a si-mismos con tal de presidir vapuleadas naciones. Ambos son pastores al fin y al cabo, pero yo me pregunto… ¿quién vivirá más? ¿Quién de ellos tendrá la existencia más plena y dichosa? Y sus rebaños… ¿de quién estarán más orgullosos? ¿Lo estarán acaso? ¿Y sus hijos? ¡Ah! ¡Benditas sean las preguntas!

¿Y las guerras? ¿Qué pasa con ellas? Nada ha cambiado pues las guerras hoy en día no son menos que las de antaño. Tenemos aviones, servicios de telefonía móvil y derechos humanos, pero acaso… ¿tenemos menos problemas que aquellos que llamamos bárbaros? ¡Oh, mis estimados hermanos! ¡Cuánto lo dudo! La codicia sigue reinando.

¿Y en la carrera hacia la Verdad Inescrutable? ¡Ay de ustedes y su confusión! No es menos el científico, ni el religioso, ni el escéptico, ni el filósofo, ni el místico, ni mucho menos la pareja que en este instante funde sus almas en un beso interminable. Pues cada uno de ellos es una gota de rocío en este mar de aguas infinitas. Más debo decir que quien sepa integrar a Dios, a la ciencia, a la mente, al cuerpo y al amor en una misma visión, habrá descubierto el código secreto que se esconde detrás del perfume de cada rosa, delante del cantar melódico de cada buen pájaro, por encima de cada cielo estrellado y por debajo del mundo onírico. Este ser, hombre o mujer, habrá descubierto el secreto de toda Existencia.

¡Oh, ángeles del entendimiento! ¡Retornad y esclareced las mortales dudas a las que se enfrenta la humanidad! No os demoréis más, ya casi es tarde.

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