Todavía te respiro, Norte querido.


De un mundo sin Tiempo y libre de obligaciones al viejo mundo de 3 dimensiones, de los ángulos rectos, de la cotidianeidad robotizada…                    Cuan raro es volver y re-encontrarse con una ciudad que ama callar el cantar de un cielo estrellado. O peor aún con montañas de cemento que te enceguecen el alma.                                                                                                               Confieso que tardo en caer y todavía no extraño aquella sensación mística de unidad y conexión por encontrarme frente a una majestuosa montaña (llena de vida)  y caminarla, treparla, respirarla… Aún no, pero…cómo lo haré!

Mochilas al hombro, bolsos, carpas, guitarra y charango en mano, parecíamos ser un espectáculo exótico ante los ojos desentendidos que caminaban, mojados de lluvia, por Plaza Miserere, por el subte, y por Cabildo. Todos los reojos de los peatones eran para nosotros, viajeros.  Qué divertido fue.                                                                                                                                                 Oh, pero… ¡cuántos mundos dispares que esconden esas miradas perdidas por las obligaciones del capital! ¡Cuantos sueños sin realizar que se pasean por las medianías de un subte alienado!

Me siento desentendido, perdido en el espacio tiempo, a la deriva, vivo el momento, me dejo llevar… (sólo espero no golpearme muy fuerte)                       Mi cuerpo ha vuelto, más no así mi mente que aún respira norte.                        Deberé mirar con ojos nuevos cosas viejas: Redescubrimiento del mundo. Transformación. Devenir alquímico.                                                                     Ánimo, que la felicidad y la perfección son simples estados de la contemplación!

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1 comentario

  1. Maru said,

    21 febrero, 2011 a 22:29

    Sos inmenso y hermoso. Seguramente dejaste muchas huellas en el Norte, así como lo hicimos todos los que pasamos por ahí. De la misma forma, la tierra te retribuye el gesto dejando huellas en vos. Si se borran o no dependerá del viento de tu alma, y de tu capacidad de verlas aún cuando haya pasado el tiempo.
    Pero he aquí un desafío al que te invito. ¡Unite a mi juego! Embellezcamos el cemento. Devolvámosle lo natural a esta ciudad, a este montón de cemento caliente donde el verde escasea y las estrellas no se ven. Traigamos de nuevo los pájaros a la ciudad, y los sapos y chicharras (así también de noche oímos serenatas). Tarea nada fácil la que me propongo, la que te propongo, la que propongo que nos propongamos. Pero cuantos más seamos, más seremos. Y cuanto más creemos, más fructífero será (valga la redundancia). Tenemos la Naturaleza de nuestro lado. Hagamos de Buenos Aires una ciudad que merezca su nombre. Un lugar al que de gusto volver. O al menos, cuando el destino así lo disponga, del que de un poco de nostalgia irse.
    Poseemos la capacidad de la transformación y es ese el regalo más preciado que tenemos. Utilicémoslo sabiamente. Ahora que hemos conocido lo bendito, lo bueno, transformemos lo demás en algo igualmente valioso. En nosotros reside la verdadera alquimia.


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