Un leve antojo democrático II


El “sueño americano” plantea la idea de que si trabajas lo suficiente, no importa dónde y en qué circunstancias hayas nacido, podrás lograr la riqueza prometida por el sistema capitalista. Si no lo logras es porque sos un vago y no trabajaste lo suficiente, o porque sos un bobo y no fuiste lo suficientemente inteligente; no habla de que la movilidad económica está limitada por la clase social a la que una persona nace, no habla de que las personas son pobres porque se les paga menos por lo que producen, no habla de que para que existan y sigan aumentando las magníficas y honorables riquezas de algunos se necesitan millones de pobres y esclavos (de la pobreza como algo estructural, inherente al sistema).  El sueño americano parece ser mudo (cuando le conviene, claro).

“En sólo 22 países (en los que se acumula apenas el 14% de la población humana total) se concentra la mitad del comercio mundial y más de la mitad de las inversiones globales, mientras que los 49 países más pobres (en los que habita el 11% de la población mundial) reciben en conjunto sólo el 0.5% de la producción global, casi lo mismo que los ingresos de los tres hombres más ricos del planeta. El 90 por ciento de la riqueza total del planeta está en manos de sólo el 1% de sus habitantes. Y no se distinguen en el horizonte muelles que puedan detener la marea global de la polarización de las ganancias, que continúa creciendo de manera amenazadora.” Jacques Attali, La Voie humaine. Pour une nouvelle social-démocratie.

Bien claro lo tenía Nelson Mandela cuando mencionó que si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan parlamento.

Triste realidad la de hoy en la pocos dirigentes políticos tienen la valentía o los recursos suficientes para hacer frente a la presión, y los que lo hacen deben enfrentarse a adversarios formidables: los que forman la alianza entre las dos ramas de la súper clase global, y que son el capital extraterritorial y sus acólitos neoliberales. Exceptuando escasas excepciones, la mayoría de los políticos optan por la vía fácil: la de la formula TINA (there is no alternative) -> (concepto robado a Bauman)

Siervo de los poderes económicos globales, el Estado no puede mandar una carta de dimisión (¿a qué dirección?), hacer las valijas y ausentarse del actual escenario así como así. Básicamente es por ese motivo que los gobiernos estatales, en su esfuerzo diario por capear los temporales que amenazan arruinar sus programas y políticas, van dando giros ad hoc de una campaña de gestión de crisis a otra y de un conjunto de medidas de emergencia a otro, sin soñar con otra cosa mas que mantenerse en el poder tras las siguientes elecciones, y carecen, por lo demás, de programas o ambiciones con visión de futuro, por no hablar de proyectos de resolución radical de los problemas recurrentes de la nación.

Vivimos tiempos de cambio. Momentos de gran turbulencia, donde lo único seguro es lo incierto, donde lo único estático es el cambio. Es una época de anestesiaje colectivo en donde es más fácil quedarse adormecido, dormido como pez arrastrado por la corriente, haciendo lo que hacen los demás ciegamente. Pero cuidado! Como sentencia Tomás Abraham: “Suceda lo que suceda, lo importante es no desesperarse: dietas, aparatos de gimnasia, papel pintado, parquets nuevos….camionetas 4×4…blusas, tetas, zapatillas, confesiones públicas, intimidades mediatizadas…., son nuestros consoladores plastificados“.

Ser modernos (¿posmodernos?) implica hallarse en un entorno que promete poder y aventuras, transformación en lo personal y en el mundo, pero que también amenaza con destruirlo todo.                                                                    “Titanic somos nosotros, es nuestra sociedad triunfalista, autocomplaciente, ciega e hipócrita sociedad, despiadada con los pobres; una sociedad en la que todo es predecible, salvo los medios de predecir (…) Todos suponemos que, oculto en algún recoveco del difuso futuro, nos aguarda un iceberg contra el que colisionaremos y que hará que nos hundamos al son de un espectacular acompañamiento musical (…) ” Quien lo dice es Jaques Attali, un hombre del mundo de las finanzas y la política, no un ministro religioso, ni un director de Hollywood.

Bueno, en fin. Para terminar con este mejunje de ideas, le propongo que soñemos por un ratito y tratemos de imaginar (aunque cueste mucho) en un gobierno que trabaje por el bien público en lugar de dañarlo como lo hace actualmente para servir al capital.

Ése mundo es posible, y la gente responsable tiene que trabajar por él, porque el que tenemos actualmente ha fracasado y debe ser cambiado antes de que sea ya muy tarde. Ahora le pedimos que deje de soñar por un momento. Y vuelva a éste mundo corrupto en el que reina una falsa ilusión de democracia; que beneficia sólo a unos pocos privilegiados (dueños de gigantescas corporaciones) y causa tanta miseria y desesperación; un mundo despótico que no puede durar, ni debemos permitir que lo haga por mucho tiempo más; en el que innumerables guerras por el poder parecen nunca acabar; en el que la gente es una mercancía barata, utilizada según se la necesita y descartada como basura cuando no es así; sin preocupación por la preservación de un medio ambiente capaz de sustentarnos; en el que las necesidades humanas básicas no tienen importancia bajo un modelo económico en el que sólo vale el beneficio privado; en el que los placares suelen estar más llenos que los estómagos de los niños de los suburbios; en el que la democracia es un espejismo dentro de un capitalismo de corporativismo vertical; en el que debemos cambiar o convertirnos en historia antigua. En el lenguaje de las finanzas, estamos en el balance final. Y sólo un movimiento de masas de gente comprometida puede cambiar el mundo. Y debe acabar o acabaremos todos. ¿De qué lado está usted? [2]

Mirk.

[2] ACLARACIÓN: En lo más mínimo mi deseo es polarizar el conflicto. La última pregunta no tiene un sentido teórico, sino más bien retórico. No está de más aclararlo porque más de uno hubiese saltado, indignado, a recriminármelo. Voilà!

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