Un leve antojo democrático I


Un leve antojo democrático

La democracia es la superstición de nuestros tiempos“, Jorge Luis Borges

Hoy siglo XXI, parecemos haber progresado a un ritmo tan grande y ensordecedor, que seguramente debemos ser objeto de envidia para muchos extraterrestres.

Si. Escuchó bien. Nos hemos liberado de la autoridad de una Iglesia, del peso del pensamiento tradicional, de las limitaciones geográficas de nuestro globo, sólo a medias descubierto. Construimos una ciencia nueva que con el tiempo llevó a la aparición de fuerzas productivas desconocidas hasta entonces y a la transformación completa del mundo material. Hemos creado sistemas políticos que parecieron asegurar el desarrollo libre y provechoso del individuo. La mayoría de las naciones han dejado atrás los despotismos, las dictaduras. Vivimos en democracia.                                                                                Visto así, parece todo una fiesta. Sin embargo…

Estamos en constantes guerras, vivimos profundas crisis económicas, la brecha social entre ricos y pobres, incluidos y excluidos, no solo que está lejos de achicarse sino que por el contrario, crece a un ritmo aterrador. Todo el mundo parece caerse a pedazos…pero estamos bien, dice el ciudadano promedio. ¿Por qué? Porque estamos en democracia.

Se ha convertido en un consenso el afirmar que vivimos en un sistema democrático. Aunque es una pena descubrir que nuestra sociedad ya no expresa un consenso; sino que un falso consenso es expresado para la sociedad.

Muchos políticos se jactan de estar viviendo en un mundo democrático (mensaje que se auto-replica en la mente de todos los ciudadanos a través de la mass media). Sin embargo, los discursos prestan poca atención a los diccionarios. Según los diccionarios de todas las lenguas, la palabra democracia significa “gobierno del pueblo”. Y la realidad del mundo de nuestro tiempo se parece, más bien, a una corporocracia: una corporocracia globalizada. Nada de gobierno del pueblo.

La democracia es un error estadístico, solía decir Jorge Luis Borges, porque en la democracia decide la mayoría y la mayoría está formada por imbéciles. Para evitar ese error, el mundo de hoy otorga el poder de decisión a los poquitos, muy poquitos, que lo han comprado.

“Actualmente existe una superclase global que toma todas las grandes decisiones económicas y que las toma de forma completamente independiente de los parlamentos y, por consiguiente, de la voluntad de los votantes de cualquier país (…) La ausencia de un sistema político global significa que los “superricos” pueden operar sin consideración alguna por ningún otro interés que no sea el suyo propio.” Richard Rorty, filósofo yanqui.

El poder, a diferencia de lo que mucha gente todavía persiste en creer, no se encuentra en los gobiernos que votamos periódicamente. Esto es apenas una pantalla, una ilusión que esconde, detrás de gruesas cortinas y complicadas estructuras de poder, a los verdaderos dueños del mundo. ¿Quiénes? Las corporaciones. Y organismos supranacionales como el FMI, el Banco Mundial, o la Organización Mundial del Comercio, principales embajadores de la globalización, se encargan de cuidarles el patio trasero (léase culo).

Así de simpático lo expresa Galeano: “En la época del esplendor democrático de Atenas, una persona de cada diez tenía derechos ciudadanos. Las otras nueve, nada. Veinticinco siglos después, es evidente que a los griegos se les iba la mano con la generosidad.”

187 países integran el FMI. De ellos, 182 casi no existen. El Fondo Monetario, que dicta órdenes al mundo entero y en todas partes decide el destino humano, está en manos de los cinco países que tienen el cuarenta por ciento de los votos: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Los votos dependen de los aportes de capital: el que más tiene, más puede. Veintitrés países africanos suman, entre todos, el 1 por ciento; los Estados Unidos disponen del 17 por ciento. La igualdad de derechos traducida a porcentajes!

El Banco Mundial, hermano gemelo del FMI, es más democrático. No son cinco los que deciden, sino siete. 180 países integran el Banco Mundial. De ellos, 173 aceptan lo que mandan los siete países dueños del 45% de las acciones del Banco: Estados Unidos, Alemania, Japón, Gran Bretaña, Francia, Italia y Canadá. Macanudo, diría mi amigo Liniers.                                                                    Algo similar sucede con las Naciones Unidas. En la ONU, los Estados Unidos comparten el poder de veto con Gran Bretaña, Francia, Rusia y China: los cinco mayores fabricantes de armas. Curiosa paradoja que también velen por la paz mundial. Cuando las papas queman, estas son las cinco potencias que toman las decisiones. Los demás países tienen la posibilidad de formular recomendaciones, que eso no se le niega a nadie.

La democracia crea la ilusión de que el pueblo es el que decide a sus gobernantes los cuales los representan y deciden por ellos. El escritor Louis Ferdinand Celine en el “Viaje al Fin de la Noche” escribía: “Que no vengan a alabarnos el mérito de Egipto y de los tiranos tártaros! Estos aficionados antiguos no eran sino unos maletas petulantes en el supremo arte de hacer rendir al animal vertical su mayor esfuerzo en el currelo. No sabían, aquellos primitivos, llamar “señor” al esclavo, ni hacerle votar de vez en cuando, ni pagarle el jornal, ni, sobre todo, llevarlo a la guerra para liberarlo de sus pasiones.” Terrible sentencia, no?

“La manipulación consciente e inteligente de hábitos organizados  y de la opinión de las masas es un elemento importante de una sociedad democrática. Aquellos que manipulan estos mecanismos desapercibidos de la sociedad constituyen el gobierno invisible que es el verdadero poder de nuestro país… Somos gobernados, nuestras mentes son moldeadas, nuestros gustos son formados,  nuestras ideas son sugeridas mayormente por hombres que nunca hemos visto”, escribió Bernays en su libro seminal de 1929, Propaganda [1] Si puedes controlar las historias que se cuentan y el lenguaje en el que se cuentan, no necesitas de soldados en las calles, si puedes controlar a las personas en sus mentes y en su imaginación no necesitas reprimirlas de forma física. Esta es la sutileza de la propaganda, la tautología de una historia.

 

Queridos homínidos, piensen bien: ¿qué alternativa se nos presenta frente a esta corporocracia que nos venden? ¡Eso es! Ninguna. Sin alternativas, no hay democracia, sólo imperio. Extraño resulta que aún algún homo-social crea que está desarrollando a sus hijos plenamente en el monopolio democrático.

CONTINÚA en una segunda parte 100 veces más interesante que ésta (jugada ni un poquito marketinera)

Mirk.

[1] Edward Bernays, el sobrino de Freud que inventó el trabajo de Relaciones Públicas (antes llamado Propaganda) y que utilizó los conocimientos psicoanalíticos de su tío sobre el inconsciente para crear para las corporaciones y la CIA métodos de control y dominio sobre las masas. Bernays le enseñó al sistema que ligando los productos industriales a los deseos inconscientes de los individuos, se podía lograr que estos hicieran cosas que inicialmente no querían o no necesitaban. Ver documental “The century of the self”

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